Mi nombre es León Dario Gaviria Gómez , tengo 32 años y vivo en la ciudad de Medellín.

Dios siempre nos ha bendecido de una manera muy especial y ha hecho grandes maravillas en nuestras vidas. Esta familia tiene casi 17 años de haberse conformado, de los cuales 13 fueron dedicados al mundo, las mujeres, los vicios, la indiferencia, todo lo que a Dios no le agrada.

En el corazón de mi esposa siempre estaba clamarle al Señor pidiendo tener una bonita  familia llena de él, era un deseo que siempre estaba en su corazón, era algo entre ella y Dios, porque nunca me mencionaba algo acerca de ese clamor. Después de ella doblar rodillas, orar y alabar al Todopoderoso, él la escuchó  y fui llamado a las filas del ejército de Dios nuestro Señor.

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¿Cómo Conocí del Señor?

Contraje matrimonio a la edad de 18 años y en mi empeño por salir adelante, con muchos sacrificios terminé mis estudios profesionales en  Economía Industrial de la Universidad de Medellín. Inmediatamente empecé a laborar, hecho que me permitió ahorrar algún dinero y así logré conseguir  la casa y el carro.

A pesar de que mi vida era medianamente  normal y llevadera, no obstante ser buena esposa y madre, esta se tornó insoportable, porque el hecho de tener un carro, hizo que mi esposo se volviera orgulloso, asediaba mujeres y se dedicó el consumo de licor y por consiguiente mis hijos y yo principalmente recibíamos maltrato psicológico y físico.

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Me llamo Juan Fernando Ruiz Cano, tengo 35 años y hace aproximadamente 15 que me di cuenta que Dios me ama y tiene un propósito conmigo.

En el año 2000 sin conocer aún el evangelio tuve 2 accidentes de tránsito en los cuales era más probable haber perdido la vida que conservarla y no sólo Dios me libró de haber muerto sino que salí prácticamente ileso.

A partir de ese momento empiezo a entender  que Dios se empezó a manifestar más evidentemente en mi vida. ¡Pero cuál!  No lo tomé tan en serio y seguí llevando una vida desordenada, lo que por supuesto no le agradaba a Dios.

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Mi nombre es Maritza Cristina Bonilla Vargas, nací en la ciudad de Ibagué pero vivo en Medellín desde hace 8 años y medio.

Mi niñez y adolescencia estuvo marcada por el dolor y las crisis existenciales constantes, debidos al rechazo recibido aún por parte de mis hermanos por ser el patito feo y, según ellos, la adoptada de la familia.  Fue así como busqué refugio en el estudio convirtiéndome durante toda mi época escolar en la mejor de mi curso y por ende, en el orgullo de mi familia. Dado a que fui muy encerrada en mí misma a causa de mi timidez, tuve dificultades para entablar relaciones y por supuesto conseguir amigos, encontrando en la soledad mi resguardo. Es así que dediqué mi tiempo libre a escuchar música, componer y escribir. Sumada a esta situación y a algunos sucesos tristes de mi niñez, viví una juventud sombría con muchos deseos de morir los cuales terminaron en algunos intentos de suicidio. Literalmente veía los colores de mi mundo en tono gris.

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El Dios de las cosas simples

Entender a Dios no es fácil, es más fácil obedecerlo y, por supuesto, es mucho más fácil desobedecerlo. Nos acostumbramos a un Dios de grandes milagros, el que revive al moribundo, el que evita la catástrofe y sana al enfermo que padecía un mal desconocido, pero pocas veces reflexionamos en ese Dios de lo simple. Seguramente tenemos por costumbre la oración de agradecimiento por todo lo que Él nos da, pero no nos detenemos en esos regalos cotidianos, que son lo que podríamos llamar “pequeños milagros”.

Eso fue justo lo que pensé cuando me pidieron que escribiera mi testimonio: tuve una niñez feliz entre las incomodidades de ser el menor de seis hermanos de una familia sin lujos. Esto significa ser el heredero de docenas de camisas, pantalones y zapatos viejos y una esperanza de estrenar que venía por cuenta de aprovechar los beneficios de ser el consentido de los hermanos mayores que ya trabajan.

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Mi nombre es María Eugenia Cano, tengo 59 años soy casada hace casi 39,  nací en la vereda La Palma del corregimiento de san Cristóbal, Medellín. Soy la mayor de 15 hermanos, descendiente de agricultores humildes y de tradición netamente católico-romana.

Toda mi juventud la viví en el campo, aprendí sus labores y me convertí en la mano derecha de mi padre, así como también de mi madre a la que le ayudaba con todas las tareas que demandaba un grupo familiar tan numeroso.

Mis padres me educaron en las tradiciones de nuestros abuelos, me enseñaron la fe de acuerdo a lo que la iglesia tradicional ha difundido por siglos.

Me casé cuando tenía 20 años de edad y aunque cambié de estado civil no fue por cierto un cambio de profesión. Seguí  ayudando a mi esposo en sus labores de agricultor durante 15 años.

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Mi nombre es Isaura Espitia Zuñiga tengo 32 años y soy la menor de siete hermanos por parte de mamá (éramos ocho, pero mi mamá me contó que el mayor falleció, cuando yo apenas tenía seis meses) y de quince (creo, aun no he confirmado el número) por parte de papá.

Conocí el evangelio aproximadamente desde mis seis (6) años de edad. Y fue por medio de unos misioneros que llegaron  al barrio donde vivimos en Cartagena. Ellos comenzaron a compartir del evangelio, casi podría decir que hice parte del equipo que fundó mi iglesia, ya que pude presenciar todo el proceso de la plantación de la misma.

Puedo decir que a mis seis años (6) de edad era una niña normal, vivía con mis padres  y tres de mis hermanos por parte de mamá en un barrio estrato tres en Cartagena. Todo parecía transcurrir en orden, hasta que el día 16 de julio de 1991 a mis nueve (9) años, mi papá murió. Lo que me contaron, es que estaba en el centro de la ciudad (Cartagena) con unos amigos, le dio un infarto, pero por ser un día de celebración en Cartagena, el día de la virgen del Carmen, se presentaron varios inconvenientes para llegar a tiempo a la clínica más cercana. Así que cuando llegaron a la clínica, mi papá estaba muerto. Recuerdo que llamaron a mi mamá por teléfono a avisarle, al parecer no me querían decir nada, pero finalmente me soltaron el bombazo, “mi papá se había muerto”.

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