Orlando

Transcurría el año 1966 cuando ya estaba cursando mi segundo año de primaria. Al pueblo de donde soy oriundo no eran muchas las familias que llegaran como visitantes,

mucho menos para quedarse a vivir, razón por la cual cada vez que alguien llegaba, era evidente y todos, grandes y pequeños lo notábamos de una vez.

Tengo entre mis recuerdos a una señora que quizás no era de tan avanzada edad, pero por ser yo tan niño la veía así. Con ella venía un niño que de inmediato se notaba que era su hijo. En mi mente de niño, me pregunté: ¿Y el papá dónde estará? La pregunta tuvo su respuesta cuando este niño fue matriculado en mi escuela y terminó siendo un compañerito más de curso. Ver a esta pareja – mamá e hijo – de por sí causaba en mí un sentimiento de tristeza y un dolor de entrañas, porque era notable que eran personas que sufrían. Mi tristeza y compasión aumentaron cuando Orlando me dijo que no conocía a su papá. Si usted puede creerme, a esta hora cuando escribo estas líneas se me aguan los ojos, porque tengo frescos los relatos lastimeros que me hacía Orlando, no sólo por sus carencias en lo material, sino por la necesidad de conocer a su padre.

Aunque a mi edad, para entonces 8 años, no entendía muchas cosas, lo que sí sé es que de lo mucho o de lo poco que yo tenía, hice todo lo posible para que Orlando nunca volviera a sentir un hambre más.

Hoy quiero dirigirme a todos los “Orlandos” que estén viviendo situaciones similares. Si provienes de un hogar con un solo progenitor hay serias probabilidades de que hayas tenido que lidiar con temas que la mayoría de los niños provenientes de hogares con papá y mamá ni siquiera podrían imaginar. Es más, puede que hayas descubierto como persona adulta que algunos de estos temas no son sencillos de superar.

Si todavía estás experimentando las secuelas de la inseguridad o la incertidumbre que marcaron tu niñez, te tengo buenas noticias. El refugio, la liberación y la confianza que describe el salmista en el salmo 71 están disponibles para ti.

En ti, SEÑOR, me he refugiado; jamás me dejes quedar en vergüenza. Por tu justicia, rescátame y líbrame; dígnate escucharme, y sálvame. Sé tú mi roca de refugio adonde pueda yo siempre acudir; da la orden de salvarme, porque tú eres mi roca, mi fortaleza. Líbrame, Dios mío, de manos de los impíos, del poder de los malvados y violentos. Tú, Soberano SEÑOR, has sido mi esperanza; en ti he confiado desde mi juventud. De ti he dependido desde que nací; del vientre materno me hiciste nacer. ¡Por siempre te alabaré! Sal. 71:1-6

Finalmente, terminado el año lectivo esta pareja de errabundos abandonó el pueblo y jamás volví a saber de mi compañerito y de su madre.

Recuerda: Nunca eres demasiado viejo para hallar consuelo y seguridad en los brazos del Señor Jesús.

 

 

Rvdo. Nicolás Ocampo J.

Pastor

Edición impresa: El Tiempo Final

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