La Prueba

En mi época de estudiante, las jornadas académicas, distinto a hoy, eran a mañana y tarde. Como adolescente, disfrutaba todo y no medía consecuencias de nada;

el mundo no parecía existir para mí, y no veía diferencia entre un día o un año. Todo lo tenía, todo lo gozaba, quizás no le daba el debido valor a las cosas, porque como reza el adagio: “Lo que nada nos cuesta, volvámoslo fiesta”, es decir podía darme el lujo de derrochar-lo todo, de antemano sabía que, ya sea porque mis mayores daban provisión, o yo mismo podía solucionar mis necesidades básicas con los recursos derivados de mi trabajo, volvería a gozar de lo que me antojara. Permítame precisar que desde niño he aprendido también a obtener mis propios recursos a través del trabajo.

Si un alimento no me gustaba, no me lo comía y ¡Punto! Desprendía las hojas de mis cuadernos, sin considerar siquiera cuánto esfuerzo tenían que hacer mis mayores para dármelos. Esas y otras cosas más me hacían olvidar que por mucho que yo creyera que el tiempo estaba detenido para mí, éste no dejaba de correr. De pronto llegaba el fin del año y con él las pruebas académicas frente a las cuales lo único que sentía era pavor y era en ese preciso momento que añoraba el haber aprovechado todo lo que había recibido, no solo mi sustento, sino también como los útiles que se me confiaban con el fin de que aprobara el año lectivo. Bastó conque reprobara un año, resultado de mi actitud malagradecida e ignorante, para aprender la lección, que me indica que debo aprovechar y agradecer todo; lección que fue bandera de mi vida hasta este día.

Dejando mi pasado, aterrizo en la actualidad, en la que puedo ver mares de personas llenando los supermercados, tratando de llevar a casa muchos productos que añoran tener, pero que antes ni siquiera merecían su atención: Cuántas veces despreciamos un huevo, y hoy queremos tener canastas llenas de estos. Cuántas veces pusimos problemas en casa porque la carne no era pulpa, hoy el anhelo es tener un trozo, así sea entreverado. Para no volver interminable esta lista, creo que llegó la hora de la prueba en la que toda la humanidad, de un momento para otro, se dio cuenta que todo en esta vida es pasajero, y que además nuestras costumbres van a cambiar, que seamos conscientes de la realidad que vivimos y dejemos de valorar lo pasajero y apreciemos lo verdaderamente esencial.

En cuanto a la fe ni se diga. Cuántos le hicieron el asco a la oportunidad de ir al templo a adorar al Dios verdadero, y se dedicaron desde sus camas a rendirle culto al dios Morfeo, que es el dios del sueño. O practicando la doctrina del hedonismo que identifica el bien con el placer, especialmente con el placer sensorial e inmediato.

Créame que hasta el domingo pasado (15 de marzo), no se me pasó por la mente que el templo iba a estar cerrado por algunos días y por supuesto cerradas nuestras reuniones presenciales, para hacerlas por medio de la tecnología virtual. Y hasta me pregunto: ¿y si el Señor Jesús regresa por estos días, sería ese 15 de marzo la última vez que nos vimos en esta tierra? Eso sin contar los que dejaron de ir no sólo ese día, sino que la desidia les cogió ventaja y nunca regresaron a la casa de Dios.

¡Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo! Por su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo median-te la resurrección de Jesucristo, para que tengamos una esperanza viva y recibamos una herencia indestructible, incontaminada e inmarchitable. Tal herencia está reservada en el cielo para ustedes, a quienes el poder de Dios protege median-te la fe hasta que llegue la salvación que se ha de revelar en los últimos tiempos. Esto es para ustedes motivo de gran alegría, a pesar de que hasta ahora han tenido que sufrir diversas pruebas por un tiempo. El oro, aunque perecedero, se acrisola al fuego. Así también la fe de ustedes, que vale mucho más que el oro, al ser acrisolada por las pruebas demostrará que es digna de aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo se revele. Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso, pues están obteniendo la meta de su fe, que es su salvación. 1Pedro 1:3-9

¿Qué nos dice el apóstol Pedro aquí? Que el oro se coloca en un crisol que está puesto al fuego, logrando de esa manera que las impurezas salgan flotando a la superficie, dejando el oro mucho más puro que antes de pasar por el fuego.

Lo mismo sucede con nuestra fe, que vale mucho más que el oro. Llegó el tiempo de que descubramos el calibre de nuestro cristianismo cuando nuestra fe es pasada por el fuego como hoy; esto es, puesta a prueba. Y así como no hay fin sin que haya un principio, ese fin tiene un ingrediente ineludible y es las pruebas que hay que presentar por medio del examen final ante el Juez de vivos y muertos y como decía mi padre: “El día de la quema se verá el humo”. Que Dios se apiade de nosotros.

 

Rvdo. Nicolás Ocampo J.

Pastor

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